Porque hay amigos que piensan que el mate es un micrófono.
Ya no más.
Estás en la ronda. El cebador ceba, ceba y ceba. Y siempre hay alguien que agarra el mate, arranca a hablar y… el mate queda en su mano. Cinco minutos. Diez. La yerba se lava sola.
Siempre creímos que el control lo tiene el que ceba. Pero en realidad, el control lo tiene siempre el que tiene el mate en la mano.
¿Reclamás? Incómodo. ¿Te quedás callado? Peor. La ronda muere y nadie dice nada.
Ruido de Mate le devuelve el poder al cebador. Un dispositivo pequeño y discreto que, cuando el tiempo se acaba, se encarga solito de comunicarlo — con música, sin drama, sin que tengas que abrir la boca.
Una perilla de encendido discreta en el lateral. Lo activás antes de empezar la ronda.
Antes de pasarlo, presionás el botón amarillo de la base. Se activa un temporizador de exactamente un minuto.
Cuando llega a cero, una alarma musical lo deschava. El Soplón cumplió. Sin drama.
Con una estética inspirada en el clásico fileteado porteño, Ruido de Mate recupera esos trazos y curvas que artistas argentinos transformaron en una marca visual inconfundible de Buenos Aires. Una identidad tan reconocible como la propia ronda del mate.
Porque si había un invento argentino capaz de poner orden en la mateada, también tenía que verse argentino.
Exactamente el tiempo justo. Un minuto es más que suficiente para tomar y contar algo.
Cuando el tiempo se acaba, suena. Toda la ronda sabe quién se pasó hablando.
No hace falta decir nada. El Soplón habla por vos. Sin reclamos, sin peleas.
Firuletes, rosas y ornamentos barrocos. Una identidad que siente el mate como propio.
La ronda te necesita. El cebador te necesita.